Y llegó el gran día, descansados ya del largo trayecto desde Zul'drak a Colinas Pardas, la compañía abandono el campamento de la Brigada de los Páramos rumbo a Drakal'jin, el lugar que había señalado el Gran Sabio como ubicación del gran tesoro de Quetz'lun.
Las ruinas de aquella necrópolis trol eran sobrecogedoras, Hildegard hizo saber al resto de la compañía de que un Drakkar les esperaba cerca de la costa para llevar el tesoro de vuelta al Fiordo Aquilonal.
Todo estaba envuelto en un silencio incómodo y la compañía avanzaba dentro de aquella necrópolis mientras observaban los relieves sobre escenas fúnebres y salvajes combates, siempre con el símbolo de la serpiente emplumada en ellos.
Al fondo de la necrópolis, parecía haber un camino subterraneo del cual surgieron dos enormes serpientes emplumadas para cortar el paso a la compañía, que cargo enérgicamente contra estas. Entre disparos y cortes, las serpientes se estrellaron contra el suelo de baldosas de piedra, no habíendo representado un gran problema para sureños y norteños.
Era el momento de adentrarse en aquel camino subterraneo de la necrópolis, según la compaía avanzaba hacía el interior, la luz se volvía mas tenue y Jesabela consiguió prender algo parecido a una antorcha para continuar su búsqueda. Un frio desolador recorría aquel lugar, y la oscuridad no mostraba aquello que los aventureros podían sentir, la presencia de los malditos era fuerte allí, quizá encontraran lo que habían venido a buscar en ese mismo lugar.
De pronto, dos voces burlonas como venidas de ultratumba retumbaron en una enorme sala que hacía eco, Hildegard rocio en el suelo algo de óleo de ballena que llevaba en su cinturón y Jesabela lo prendío, haciéndo un circulo sobre la compañia para ver si alguien les atacaría. Con la sala iluminada, pudieron ver a dos trols malditos que advirtieron a los visitantes que nunca encontrarían el tesoro y moririán allí mismo.
El enfrentamiento no se hizo esperar, los dos trols malditos cargaron contra la compañia que a duras penas pudo resistir su embate. Hildegard se encomendo a Eonar y Freya, para que estas dirigieran sus manos empuñando a Turfing asestando duros golpes contra estos, mientras que la sureña Myrall lanzó una granada ultrasónica aturdiendo gravemente a los trols y el paladín Carrick los exortizó haciendo que desaparecieran.
El camino había sido despejado, las voces cesaron y al fondo de aquél gran mausoleo subterraneo vieron una luz. Raudamente se dirigieron a ella y al llegar observaron una sala redonda, llena de momías trols en las paredes, un gran fuego de color rojo en el centro y al fondo un enorme gong junto a un inmenso cofre custodiado por el Sacerdote de Quetz'lun que algunos miembros de la compañía habián visto durante los combates de la arena en el Anfiteatro de la Muerte.
El Sacerdote les hizo saber a los aventureros, que todo se había cumplido según los designios de Quetz'lun y si habían llegado hasta aquí era para ser sacrificados de cara a que la divinidad emplumada volviera a la vida con la sangre de aquellos que son dignos para ello. Así pues había llegado la hora de los sacrificios y en un exhibición magna de su poder derribo a toda la compañia entre cántico y danzas rituales, poco a poco los miembros de la compañia fueron cayendo contra el suelo, primero Jesabela que había sido muy gravemente herida, Garron y Ulf Asbjorn también fueron abatidos. Hildegard fue a socorrer a Ulf para que no muriera asfixiado por su propia sangre que brotaba de él a borbotones.
El Sacerdote parecía disfrutar con la masacre que estaba causando, Myrall también fue abatida, Hildegard cargo encolerizada contra el sacerdote y este la regalo un abanico de cortes por todo el cuerpo provocando que la Jarl se precipitara al suelo encima de un charco de sangre.
Y en aquel momento perdida ya toda esperanza, el enorme ulfhednar Brakior salto sobre el sacerdote aturdiendole a golpes, mientras Carrick le clavaba la espada en el corazón derrotando al sacerdote.
Usando las bendiciones de la Luz Sagrada, poco a poco los aventureros fueron recuperandose de sus heridas mortales y se dirigieron hacía el codiciado tesoro conseguido.
Frente a ellos al fin estaba el codiciado tesoro de Quetz'lun, al abrir la tapa del enorme cofre miles de monedas de oro, rubíes, zafiros y otras gemas dieron la bienvenida a nuestros aventureros, que resolvieron repartir mitad y mitad entre norteños y sureños. Hildegard Valdrada, estaba muy contenta pues sabía que al llegar con esa enorme cantidad de oro ganaría gran poder en el consejo del Pacto de Sangre, por no decir de la riqueza allí encontrada.
Cargaron el cofre y tal y como Hildegard había dicho, montaron en un Drakkar que les esperaba en la costa rumbo a Valgarde, donde los festejos se celebraron durante días, festejos donde el Jarl Erik Hardrada no se encontraba, pues seguía buscando a su hijo en Zul'drak.
Así pues, la aventura del Tesoro de Quetz'lun había llegado a su fin y los escaldos ya preparaban algunas canciones para que la historia se convirtiera en leyenda.